martes, 20 de octubre de 2026

The G-Lab Elite 400, un teclado mecánico delicioso [Análisis]

The G-Lab lleva años moviéndose en el terreno de los periféricos gaming asequibles, pero con el KEYZ ELITE 400 intenta ofrecer una experiencia algo más ambiciosa. Estamos ante un teclado mecánico inalámbrico de formato completo, con su correspondiente teclado numérico, que busca servir tanto para jugar como para trabajar. Es una decisión que puede parecer poco emocionante en plena fiebre por los teclados 60, 75 y 80 %, pero que tiene bastante sentido para quien utiliza el mismo ordenador durante toda la jornada. No todo el mundo quiere sacrificar teclas para ganar unos centímetros de escritorio.

Además, el planteamiento del Elite 400 va bastante más allá de añadir switches mecánicos y RGB. The G-Lab apuesta por interruptores lineales, una estructura interna pensada para amortiguar las pulsaciones, keycaps resistentes y diferentes posibilidades de conexión. Es decir, intenta acercar algunas características popularizadas por los teclados mecánicos personalizados a un producto mucho más convencional y accesible. Sobre el papel tenemos un periférico que quiere ser gaming sin convertirse en un teclado exclusivamente para jugar, algo que se agradece especialmente en un modelo de tamaño completo.

Materiales y diseño

Lo primero que diferencia esta versión del Elite 400 es evidentemente su tamaño. Aquí tenemos una distribución completa, con bloque alfanumérico, fila de funciones, cursores, teclas de navegación y un teclado numérico separado. Ocupa más escritorio que las alternativas compactas, pero a cambio prácticamente no existen combinaciones de teclas que tengamos que memorizar para realizar tareas cotidianas. Si trabajamos habitualmente con hojas de cálculo, introducimos cifras o simplemente estamos acostumbrados a un teclado tradicional, mantener el numpad puede pesar bastante más que esos centímetros adicionales.

The G-Lab apuesta principalmente por el plástico para construir el chasis, algo esperable teniendo en cuenta el posicionamiento del producto, aunque el peso y la estructura ayudan a que el conjunto se mantenga estable sobre la mesa. Más interesante resulta la elección de las teclas, donde encontramos keycaps de PBT pensadas para soportar mejor el desgaste producido por el uso intensivo. El diseño mantiene claramente la estética gaming gracias a la iluminación RGB, pero sin caer en formas especialmente agresivas. También encontramos controles multimedia que facilitan acciones cotidianas como modificar rápidamente el volumen sin abandonar lo que estamos haciendo.

Características técnicas

Debajo de las teclas encontramos switches mecánicos lineales que priorizan una pulsación suave y continua. Este tipo de interruptor suele funcionar especialmente bien para jugar porque no introduce un salto táctil durante el recorrido y permite encadenar pulsaciones con bastante rapidez. The G-Lab acompaña los switches con una construcción interna destinada a reducir resonancias y conseguir una sensación menos hueca al escribir. Es un detalle importante porque precisamente el sonido y las vibraciones son dos de los aspectos donde los teclados mecánicos económicos suelen revelar rápidamente los recortes realizados para ajustar su precio.

El Elite 400 también apuesta por un sistema hot-swap, por lo que podemos sustituir los interruptores individualmente sin necesidad de utilizar un soldador. No es únicamente una función para aficionados a personalizar teclados. Si un switch termina fallando, podemos reemplazarlo en cuestión de segundos en lugar de condenar todo el periférico. A esto se suman funciones como anti-ghosting y registro simultáneo de múltiples pulsaciones, fundamentales cuando jugamos y necesitamos mantener varias teclas activadas al mismo tiempo. No pretende entrar en la guerra de los teclados magnéticos más competitivos, pero técnicamente cubre con solvencia lo que necesita la inmensa mayoría de jugadores.

Conectividad y autonomía

La conectividad es otro de los argumentos importantes del The G-Lab KEYZ ELITE 400. Podemos utilizarlo mediante receptor inalámbrico de 2,4 GHz cuando buscamos una conexión rápida y estable para jugar, recurrir a Bluetooth para dispositivos donde la latencia no sea tan crítica o conectarlo directamente mediante USB-C. Personalmente reservaría el Bluetooth principalmente para trabajo y dispositivos secundarios, mientras que para gaming utilizaría 2,4 GHz o directamente el cable. Poder alternar entre estos sistemas también hace que el teclado tenga bastante más sentido en un escritorio donde conviven un ordenador personal y un portátil de trabajo.

La batería integrada permite utilizar el teclado durante largas sesiones sin tener que mantener permanentemente conectado el cable, aunque la autonomía depende muchísimo de cómo configuremos la iluminación RGB. Como ocurre prácticamente siempre en periféricos inalámbricos iluminados, apagar o reducir los efectos permite estirar considerablemente cada carga. Si agotamos la batería tampoco supone un gran problema, ya que podemos conectar el USB-C y continuar utilizando el teclado mientras recupera energía. Es una solución sencilla, pero hace que el modo inalámbrico sea una comodidad y no una fuente adicional de preocupaciones.

Funcionalidades más importantes

La característica que más cambia la experiencia respecto a otras variantes compactas es precisamente el teclado numérico. Parece algo básico, pero cuando utilizamos el mismo periférico ocho horas para trabajar y posteriormente para jugar puede marcar una diferencia enorme. Tenemos acceso directo a todas las teclas habituales y no necesitamos utilizar capas secundarias ni combinaciones para recuperar funciones eliminadas por cuestiones de espacio. El precio que pagamos es evidente: el ratón queda algo más desplazado hacia la derecha y disponemos de menos superficie para realizar movimientos amplios, especialmente si utilizamos una sensibilidad baja.

La segunda gran baza es la personalización. El RGB permite modificar la apariencia del teclado mediante diferentes efectos, mientras que el software proporciona acceso a configuraciones adicionales y macros. Sin embargo, considero bastante más interesante la posibilidad de sustituir físicamente los switches gracias al hot-swap. Podemos empezar utilizando la configuración original y, con el tiempo, cambiar determinados interruptores o incluso transformar por completo las sensaciones del teclado. No alcanza el grado de personalización de un kit mecánico dedicado, pero proporciona suficiente libertad para experimentar sin obligarnos a entrar de lleno en un mundo de placas, estabilizadores, lubricantes y soldadores.

Opinión del editor

El The G-Lab KEYZ ELITE 400 Full Size tiene una ventaja bastante clara: no obliga a elegir entre un teclado gaming y uno práctico para trabajar. Mantener el bloque numérico y una distribución tradicional lo convierte en una opción mucho más cómoda para productividad que buena parte de los teclados compactos actuales, mientras que los switches mecánicos lineales, la conectividad inalámbrica y el anti-ghosting mantienen intacta su vertiente gaming. La posibilidad de cambiar switches añade además una vida útil y una capacidad de personalización que hace unos años era difícil encontrar fuera de productos bastante más especializados.

Evidentemente, el formato completo no será para todo el mundo. Si únicamente jugamos y queremos disponer del máximo espacio posible para mover el ratón, un TKL o un 75 % resulta más lógico. Tampoco estamos ante un teclado competitivo de última generación con switches Hall Effect, Rapid Trigger o puntos de actuación ajustables. Pero creo que precisamente ahí está la gracia del Elite 400: no intenta solucionar un problema extremadamente específico. Está pensado para quien quiere comprar un único teclado, utilizarlo durante toda la jornada y no echar de menos ninguna tecla cuando termina de jugar y abre Excel. Y conservar el teclado numérico, lejos de ser una característica anticuada, puede ser precisamente lo que incline la balanza a su favor.



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martes, 13 de octubre de 2026

Top 10 películas para ver este Halloween en streaming (2026)

Halloween está a la vuelta de la esquina y, aunque algunos prefieren celebrarlo con disfraces, fiestas y calabazas, para mí hay pocos planes mejores que apagar las luces, preparar unas palomitas y disfrutar de una buena película de terror. Y es que el género ha evolucionado muchísimo durante las últimas décadas: hemos pasado de los monstruos clásicos y las posesiones demoníacas a historias mucho más retorcidas, donde el verdadero miedo está en nuestra propia cabeza. Lo mejor es que hoy tenemos prácticamente todo ese catálogo al alcance del mando a distancia gracias a las plataformas de streaming. Por eso, he preparado una selección de once películas que considero perfectas para estas fechas. Hay clásicos que nunca fallan, propuestas relativamente recientes que han conseguido reinventar el género y alguna alternativa para disfrutar en familia. Eso sí, aviso: algunas de estas películas pueden hacer que dormir con la luz apagada se convierta en todo un desafío.

1. Weapons (2025): cuando el terror se convierte en un misterio

Dirigida por Zach Cregger, responsable de Barbarian, Weapons es una de las propuestas más inquietantes del cine de terror reciente. La historia comienza cuando diecisiete niños de una misma clase desaparecen misteriosamente durante la madrugada, exactamente a la misma hora, dejando atrás a una comunidad completamente desconcertada. Julia Garner, Josh Brolin y Alden Ehrenreich protagonizan esta película que mezcla terror psicológico, misterio y una narrativa construida desde diferentes puntos de vista. Lo interesante es que Cregger no se limita a buscar sustos fáciles: consigue mantener una sensación de incomodidad constante mientras vamos descubriendo qué ocurrió realmente aquella noche. Una película que conviene disfrutar sabiendo lo menos posible.

2. La niebla (2007): el verdadero monstruo puede estar entre nosotros

Frank Darabont, director de Cadena perpetua y La milla verde, adaptó en 2007 uno de los relatos más conocidos de Stephen King. La historia arranca cuando una misteriosa niebla envuelve un pequeño pueblo estadounidense y un grupo de vecinos queda atrapado en un supermercado. Pronto descubren que algo terrible se esconde en el exterior, aunque quizá lo verdaderamente peligroso sea lo que sucede dentro. Thomas Jane, Marcia Gay Harden y Laurie Holden encabezan el reparto de una película que combina criaturas monstruosas con una crítica bastante despiadada al comportamiento humano. Su desenlace sigue siendo uno de los más impactantes del género. Imprescindible.

3. Pesadilla antes de Navidad (1993): Halloween también puede ser para toda la familia

No todas las películas de Halloween tienen que provocar pesadillas. Pesadilla antes de Navidad, dirigida por Henry Selick y producida por Tim Burton, es una auténtica maravilla de la animación mediante stop motion. Jack Skellington, el Rey Calabaza de Halloween Town, está aburrido de celebrar siempre la misma festividad y descubre accidentalmente el mundo de la Navidad. Fascinado por lo que encuentra, decide organizar su propia versión de esta celebración, con resultados bastante desastrosos. Su estética gótica, sus personajes inolvidables y la música de Danny Elfman la han convertido en un clásico absoluto. Es una de esas películas que funcionan igual de bien en octubre que en diciembre.

4. Smile (2022): una sonrisa nunca había dado tanto miedo

Pocas cosas resultan tan inquietantes como alguien sonriendo cuando no debería hacerlo. Esa es precisamente la premisa de Smile, la película con la que Parker Finn debutó como director de largometrajes en 2022. Sosie Bacon interpreta a Rose Cotter, una psiquiatra que presencia un acontecimiento traumático relacionado con una paciente y comienza a experimentar fenómenos aterradores. A medida que intenta comprender qué está sucediendo, descubre que podría estar enfrentándose a algo mucho más siniestro de lo que imaginaba. Aunque utiliza algunos recursos habituales del terror comercial, consigue construir una atmósfera realmente desagradable. Además, aborda cuestiones como el trauma y la salud mental sin renunciar al entretenimiento.

5. Alien, el octavo pasajero (1979): en el espacio nadie puede oír tus gritos

Hay películas que envejecen mal y otras que, casi cincuenta años después, siguen funcionando perfectamente. Alien, el octavo pasajero, dirigida por Ridley Scott en 1979, pertenece claramente al segundo grupo. Sigourney Weaver interpreta a Ellen Ripley, una tripulante de la nave comercial Nostromo que debe enfrentarse a una criatura extraterrestre después de que sus compañeros respondan a una misteriosa señal. Lo que comienza como una aventura de ciencia ficción termina convirtiéndose en una pesadilla claustrofóbica. Su diseño visual, obra en buena medida del artista H. R. Giger, continúa siendo espectacular. Para mí, pocas películas han conseguido combinar tan bien el terror y la ciencia ficción.

6. El exorcista (1973): el clásico que sigue poniendo los pelos de punta

Dirigida por William Friedkin y protagonizada por Ellen Burstyn, Linda Blair y Max von Sydow, El exorcista es probablemente una de las películas de terror más influyentes de todos los tiempos. Estrenada en 1973, cuenta la historia de Regan, una niña de doce años que comienza a mostrar comportamientos inexplicables y cada vez más perturbadores. Cuando la medicina no consigue encontrar respuestas, su madre recurre a la Iglesia. Lo que sigue es una batalla entre la fe y una presencia demoníaca. Más allá de sus escenas más conocidas, lo verdaderamente interesante es cómo construye el miedo desde situaciones aparentemente cotidianas. Un clásico que merece revisitarse.

7. Hereditary (2018): el terror más incómodo también puede ser el mejor

Ari Aster sorprendió al público en 2018 con Hereditary, una película que demuestra que no hacen falta sustos constantes para provocar auténtico terror. Toni Collette ofrece una interpretación extraordinaria como Annie Graham, una mujer que, tras la muerte de su madre, comienza a descubrir secretos familiares cada vez más perturbadores. Gabriel Byrne, Alex Wolff y Milly Shapiro completan el reparto principal. La película mezcla el drama familiar con elementos sobrenaturales, construyendo una atmósfera opresiva que resulta difícil de olvidar. No es una propuesta especialmente ligera ni recomendable para quienes busquen simplemente pasar un rato entretenido. Pero si te gusta el terror psicológico, es imprescindible.

8. The Ring (2002): siete días para morir

Antes de que las redes sociales y los vídeos virales dominaran nuestras vidas, The Ring consiguió que una simple cinta VHS se convirtiera en uno de los objetos más aterradores del cine. Dirigida por Gore Verbinski y protagonizada por Naomi Watts, esta adaptación estadounidense de la película japonesa Ringu cuenta la historia de una periodista que investiga una grabación maldita: cualquiera que la vea recibe una llamada telefónica anunciándole que morirá siete días después. Su estética fría, su inquietante fotografía y la figura de Samara marcaron a toda una generación. Puede que algunos efectos hayan envejecido, pero su capacidad para generar tensión permanece intacta.

9. La semilla del diablo (1968): cuando no puedes confiar en nadie

Estrenada en 1968 y dirigida por Roman Polanski, La semilla del diablo es uno de los grandes referentes del terror psicológico. Mia Farrow interpreta a Rosemary, una joven que se muda junto a su marido, interpretado por John Cassavetes, a un antiguo edificio de apartamentos de Nueva York. Tras quedarse embarazada, comienza a sospechar que sus vecinos ocultan intenciones verdaderamente siniestras. Lo fascinante de esta película es que apenas necesita mostrar nada para generar miedo. Todo funciona a través de las sospechas, las miradas y una creciente sensación de paranoia. Su influencia sigue siendo evidente en numerosas producciones actuales del género.

10. Los otros (2001): una de las grandes películas de terror del cine español

Alejandro Amenábar dirigió en 2001 una de las películas de terror más elegantes y recordadas de las últimas décadas. Nicole Kidman interpreta a Grace, una madre que vive con sus dos hijos en una enorme mansión aislada mientras espera el regreso de su marido tras la Segunda Guerra Mundial. Los niños padecen una extraña sensibilidad a la luz solar, por lo que la casa debe permanecer constantemente a oscuras. Cuando comienzan a producirse sucesos inexplicables, Grace sospecha que no están solos. Su atmósfera, su fotografía y un guion cuidadosamente construido demuestran que el terror puede funcionar sin recurrir a escenas explícitas ni sobresaltos constantes.

11. La sustancia (2024): el precio de perseguir la juventud eterna

Cerramos la selección con una de las propuestas más provocadoras de los últimos años. La sustancia, dirigida por Coralie Fargeat y protagonizada por Demi Moore, Margaret Qualley y Dennis Quaid, combina terror corporal, sátira social y una buena dosis de humor negro. Moore interpreta a Elisabeth Sparkle, una antigua estrella televisiva que descubre un misterioso producto capaz de crear una versión más joven y perfecta de sí misma. Naturalmente, las consecuencias no tardan en aparecer. La película utiliza imágenes deliberadamente desagradables para cuestionar la obsesión por la belleza, la juventud y los estándares físicos. No es apta para todos los estómagos, pero resulta difícil permanecer indiferente.

Ha llegado el momento de agarrar las palomitas y ponernos manos a la obra, ¿no?

¿Dónde puedo verlas?

Película Plataforma de streaming
Weapons (2025) HBO Max y Movistar Plus+
La niebla (2007) Lionsgate+ (Amazon Channels)
Pesadilla antes de Navidad (1993) Disney+
Smile (2022) Disney+, SkyShowtime y Movistar Plus+
Alien, el octavo pasajero (1979) Disney+
El exorcista (1973) Alquiler en Apple TV, Amazon y Rakuten TV
Hereditary (2018) Amazon Prime Video
The Ring (2002) SkyShowtime y Movistar Plus+ Ficción Total
La semilla del diablo (1968) Alquiler en Apple TV, Amazon y Rakuten TV
Los otros (2001) Netflix, HBO Max, Movistar Plus+ y FlixOlé
La sustancia (2024) HBO Max, Filmin y Movistar Plus+ Ficción Total


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Fujifilm Xhalf, como si fuera una cámara de carrete [Análisis]

La Fujifilm X half es una cámara difícil de entender si nos limitamos a comparar especificaciones. Por 649 euros tenemos una compacta con sensor de una pulgada, 17,74 megapíxeles, objetivo fijo equivalente a 32 mm y grabación de vídeo limitada a Full HD. Tampoco dispara en RAW. Puesto así, hay alternativas técnicamente más capaces. Pero Fujifilm no pretende competir por resolución, ráfaga o vídeo. La X half intenta recuperar algo que las cámaras digitales y, sobre todo, los móviles han ido eliminando: la incertidumbre y el propio ritual de hacer una fotografía. Incluso su nombre procede del concepto de las cámaras analógicas de medio formato, trasladado aquí a un sensor colocado verticalmente que genera imágenes 3:4.

Es una cámara construida alrededor de esa idea, desde el visor óptico hasta una palanca que simula el avance de la película. Incluso existe un modo en el que no podemos ver las fotografías hasta terminar nuestro “carrete”. Puede parecer un ejercicio de nostalgia algo artificial, y en parte lo es, pero también convierte a la X half en una de las cámaras digitales más diferentes del mercado. Su público no es quien busca la mejor calidad de imagen posible por euro invertido, sino quien quiere llevar encima una cámara pequeña, disparar sin demasiadas complicaciones y obtener fotografías con personalidad sin pasar posteriormente por Lightroom. La X half quiere que hacer la foto vuelva a importar tanto como el resultado.

Materiales y diseño

Con unas dimensiones de 105,8 x 64,3 x 45,8 mm y solamente 240 gramos incluyendo batería y tarjeta, la X half es realmente pequeña. Cabe perfectamente en una chaqueta y resulta mucho más fácil llevarla encima todo el día que una mirrorless con objetivo intercambiable. Fujifilm ofrece acabados negro, plata y gris carbón, todos con una estética claramente retro. El cuerpo utiliza bastante plástico, algo comprensible teniendo en cuenta el peso, aunque la construcción transmite buenas sensaciones. El diseño recuerda inmediatamente a una cámara analógica clásica y Fujifilm ha llevado esta idea bastante más allá de colocar un par de diales metálicos sobre una cámara moderna.

La parte trasera es seguramente lo más peculiar. Encontramos una pantalla táctil vertical de 2,4 pulgadas acompañada por una segunda pantalla estrecha que muestra la simulación de película seleccionada y funciona casi como aquella pequeña ventana donde antiguamente comprobábamos qué carrete había dentro de la cámara. A esto se suma un visor óptico tipo túnel y la característica palanca de avance. No existe una conexión mecánica real con ninguna película, evidentemente, pero Fujifilm la utiliza para avanzar entre fotografías en determinados modos y crear composiciones. El conjunto funciona porque prácticamente todos los elementos físicos de la X half responden a la misma filosofía. No parece una cámara digital disfrazada apresuradamente de antigua, sino un producto diseñado desde el principio alrededor de ese concepto.

Características técnicas

En su interior encontramos un sensor CMOS de una pulgada y aproximadamente 17,74 megapíxeles efectivos, acompañado por un objetivo fijo de 10,8 mm f/2.8 equivalente a unos 32 mm en formato completo. Es una distancia focal muy agradable para fotografía cotidiana, viajes y calle: algo más abierta que los clásicos 35 mm, pero sin llegar al aspecto marcadamente angular de muchas cámaras de móvil. La sensibilidad se mueve entre ISO 200 y 12.800 y disponemos de modos de exposición PASM, enfoque AF-S, AF-C y manual, además de velocidades de obturación que llegan hasta 1/2000 s. El almacenamiento se realiza mediante tarjetas SD, SDHC o SDXC compatibles con UHS-I.

Hay, sin embargo, decisiones técnicas importantes que debemos conocer. La X half genera fotografías JPEG y no ofrece RAW, dejando bastante claro que Fujifilm quiere que el resultado salga terminado directamente de cámara. El vídeo tampoco pretende competir con una cámara híbrida moderna: alcanza 1080 x 1440 píxeles hasta 48p y mantiene esa orientación vertical tan característica. La autonomía, en cambio, es excelente para una compacta de estas dimensiones, con hasta aproximadamente 880 fotografías utilizando el visor óptico. En calidad pura de imagen, el sensor de una pulgada ofrece más posibilidades que una compacta básica, pero no debemos esperar el detalle, rango dinámico o rendimiento con poca luz de los sensores APS-C utilizados por buena parte de la propia familia X de Fujifilm.

Conectividad y app

La Fujifilm X half dispone de Wi-Fi, Bluetooth y USB-C, pero la pieza fundamental de su conectividad es la aplicación específica X half, disponible para smartphones. Fujifilm podría haber utilizado simplemente su ecosistema habitual, pero ha creado una aplicación dedicada porque el teléfono forma parte de la experiencia de esta cámara. La conexión Bluetooth puede mantenerse activa y utilizar Wi-Fi cuando necesitamos transferir imágenes. Desde la aplicación podemos importar fotografías, organizarlas, crear composiciones y compartirlas posteriormente. También podemos conectar la cámara directamente con determinadas impresoras instax Link compatibles, una combinación que encaja especialmente bien con toda esta filosofía de recuperar una fotografía más física y social.

La aplicación cobra todavía más sentido cuando utilizamos Film Camera Mode. Las fotografías realizadas en este modo no se muestran inmediatamente como haríamos normalmente con una digital. Una vez terminado el carrete virtual podemos transferirlo a la aplicación y “revelarlo”, viendo posteriormente las imágenes y una hoja de contactos que reproduce incluso elementos propios de una película tradicional. La app también permite trabajar con las composiciones 2 en 1, modificando aspectos como la separación entre ambas imágenes. Es una de esas pocas ocasiones en las que depender parcialmente de una aplicación móvil no parece una imposición del fabricante, sino una extensión coherente del concepto de la cámara. La X half empieza en el cuerpo, pero parte de su juego termina deliberadamente en el smartphone.

Funcionalidades más importantes

Las simulaciones de película son, como cabría esperar, protagonistas. Fujifilm ofrece diferentes looks inspirados en su experiencia fotográfica, acompañados por filtros creativos que permiten jugar con efectos como grano, fugas de luz, viñeteado, halation o película caducada. Pero la función realmente especial es Film Camera Mode. Elegimos una simulación o filtro y un carrete virtual de 36, 54 o 72 exposiciones. Desde ese momento desaparece la previsualización convencional y tenemos que encuadrar mediante el visor óptico. Después de cada fotografía debemos accionar la palanca para avanzar hasta la siguiente. Tampoco podemos cambiar alegremente de “película” a mitad del proceso. La cámara nos obliga, deliberadamente, a comprometernos con las decisiones tomadas al principio.

La otra función que me parece incluso más interesante a largo plazo es 2 en 1. Podemos combinar dos fotografías, o incluso foto y vídeo, para construir dípticos directamente desde la cámara. La palanca trasera sirve precisamente para enlazar una toma con la siguiente, haciendo que empecemos a pensar en parejas de imágenes en lugar de fotografías aisladas. Es una limitación que acaba convirtiéndose en herramienta creativa. Film Camera Mode probablemente sea lo primero que enseñemos a alguien cuando vea la X half, pero el modo 2 en 1 tiene más posibilidades de convertirse en algo que utilicemos regularmente. Es precisamente ahí donde esta cámara funciona mejor: cuando sus rarezas dejan de sentirse como trucos retro y empiezan a modificar nuestra forma de buscar y construir fotografías.

Opinión del editor

La Fujifilm X half no es una cámara que recomendaría a quien busque maximizar calidad de imagen por 649 euros. El sensor de una pulgada, la ausencia de RAW, el vídeo Full HD vertical y un autofocus que puede sufrir con sujetos en movimiento o situaciones de poca luz ponen límites bastante claros. Incluso el visor óptico ofrece una aproximación al encuadre más que la precisión de un visor electrónico moderno. Si eliminásemos todas sus funciones creativas y nos quedásemos únicamente con la ficha técnica, sería difícil defender su precio frente a cámaras más completas. Y precisamente por eso creo que valorar la X half exclusivamente desde las especificaciones conduce a una conclusión incompleta.

Lo que compramos aquí es una experiencia fotográfica deliberadamente limitada. Y, curiosamente, esa es su mayor virtud. La X half nos pide escoger un aspecto, mirar por el visor, disparar y continuar caminando en lugar de revisar inmediatamente diez versiones de la misma fotografía. Film Camera Mode puede perder parte de su magia después de las primeras semanas, pero el formato vertical, las simulaciones de película y especialmente los dípticos 2 en 1 tienen suficiente personalidad para sobrevivir a la novedad inicial. No sustituiría una buena mirrorless por ella y tampoco pretende hacerlo. La veo como una cámara para quien ya tiene un móvil técnicamente excelente pero echa de menos algo fundamental: volver a salir a la calle simplemente porque apetece hacer fotos.



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