
La colocación de transmisores GPS en aves en peligro de extinción se ha convertido en una de las herramientas más prometedoras para entender cómo viven y se desplazan algunas de las especies más amenazadas. En el cono sur de América, el tordo amarillo se ha transformado en un símbolo de esta nueva etapa, en la que la tecnología se pone al servicio de la conservación.
Un amplio equipo de especialistas en fauna silvestre, observadores de aves y voluntarios ha comenzado a marcar ejemplares adultos con pequeños dispositivos de geolocalización, con el objetivo de reconstruir con detalle sus rutas, detectar áreas de refugio y reforzar así las medidas que buscan evitar su desaparición definitiva.
Un ave al borde del colapso poblacional
El protagonista de este proyecto es el tordo amarillo (Xanthopsar flavus), un pájaro propio de los pastizales naturales del noreste argentino y zonas cercanas, cuya situación es crítica. Los distintos equipos de trabajo coinciden en que la población nacional no supera el millar de individuos, una cifra extremadamente baja para garantizar su supervivencia a largo plazo.
Este ave, declarada Monumento Natural en la provincia de Entre Ríos, se enfrenta desde hace años a un escenario cada vez más hostil. La pérdida y fragmentación de su hábitat por la expansión agrícola y forestal ha reducido drásticamente la superficie de pastizales disponibles, obligando a las colonias a replegarse en parches muy aislados entre sí.
A la transformación del paisaje se suman otras presiones igual de preocupantes: el parasitismo de cría ejercido por otras especies de aves, el tráfico ilegal de fauna y la alta depredación de huevos y pichones en los nidos. Todo este conjunto de amenazas ha llevado al tordo amarillo a una situación de urgencia, que exige respuestas coordinadas entre instituciones científicas, administraciones públicas y sociedad civil.
La gravedad del contexto llevó hace casi una década a que varias organizaciones pusieran en marcha un programa de conservación específico para el tordo amarillo, centrado en mejorar el éxito reproductor, vigilar de cerca las colonias y recopilar información científica de calidad sobre su biología y comportamiento.
Trabajo de campo y “Guardianes de Colonia”
Cada primavera, desde 2015, se activa un amplio operativo de campo en los pastizales del litoral y noreste argentino, coordinado por Aves Argentinas y el Laboratorio de Biología de la Conservación del CECOAL-CONICET, junto con otras entidades locales. Ese despliegue reúne a investigadores, técnicos, observadores de aves, autoridades y numerosos voluntarios que se encargan de seguirle la pista a la especie durante la temporada de cría.
La primera tarea consiste en localizar las colonias de nidificación. No es un trabajo sencillo: los nidos suelen instalarse en zonas de pastizal muchas veces cercanas a áreas productivas, humedales o montes bajos, y su detección requiere experiencia, paciencia y muchas horas de observación directa.
Una vez identificados los sitios clave, el equipo instala campamentos en las proximidades de las colonias. Desde allí operan los llamados “Guardianes de Colonia”, un grupo integrado por técnicos y voluntarios que permanece en la zona durante todo el periodo reproductivo con una misión clara: vigilar los nidos a diario y actuar con rapidez ante cualquier amenaza.
Este seguimiento continuo permite detectar la presencia de depredadores naturales, disturbios humanos o cambios bruscos en el ambiente que puedan comprometer el éxito de la cría. Al mismo tiempo, los registros de campo aportan datos muy valiosos sobre tasa de supervivencia, productividad de las parejas y comportamiento reproductor, información indispensable para afinar las estrategias de manejo.
La metodología de los Guardianes de Colonia ha demostrado ser una herramienta muy eficaz para incrementar el número de pollos que llegan a volar, pero también ha puesto sobre la mesa una pregunta que todavía no tenía respuesta clara: ¿qué ocurre con estas aves una vez finalizada la temporada reproductiva?
Transmisores GPS: una nueva etapa en el seguimiento
Para responder a esa incógnita, el proyecto dio un salto cualitativo incorporando la tecnología de transmisores GPS de muy bajo peso. En la campaña más reciente, desarrollada en el departamento de Gualeguaychú (Entre Ríos), los equipos de campo consiguieron equipar a 25 tordos amarillos adultos con pequeños dispositivos de geolocalización.
Estos transmisores pesan menos de dos gramos, lo que permite colocarlos sin interferir en el comportamiento natural ni en el bienestar de las aves. Los dispositivos se fijan de manera segura y están diseñados para que el animal pueda seguir volando, alimentándose y relacionándose con normalidad, minimizando cualquier posible impacto.
Gracias a esta tecnología, los investigadores pueden obtener coordenadas precisas de los desplazamientos diarios de cada ejemplar marcado. Los datos se recogen de forma periódica y se vuelcan en sistemas de información geográfica que permiten reconstruir con detalle las rutas de vuelo, las áreas de campeo y los puntos de descanso o alimentación.
El objetivo central es esclarecer qué hace el tordo amarillo cuando termina la época de cría. Aunque se han identificado varios sitios de nidificación bien definidos, sus movimientos posteriores siguen siendo poco conocidos, especialmente durante el invierno, una fase crítica en la que las condiciones ambientales se vuelven más exigentes.
El uso de transmisores abre la puerta a resolver preguntas clave: dónde se refugian los bandos en la estación fría, qué tipo de hábitats necesitan para sobrevivir en esos meses, cómo se conectan entre sí las diferentes colonias y hasta qué punto dependen de áreas que hoy se encuentran sometidas a una fuerte presión productiva.
Qué información aportan los datos de geolocalización
El análisis de la información generada por los GPS permitirá identificar con precisión las áreas utilizadas por la especie fuera del periodo reproductivo. Se trata de un paso esencial para comprender por completo el ciclo de vida del tordo amarillo y no limitar la conservación únicamente a los lugares donde se reproducen.
Entre los resultados que se esperan obtener figuran la localización de refugios invernales, la detección de zonas clave de alimentación y descanso y la delimitación de posibles corredores de movimiento que conectan diferentes parches de hábitat. Toda esta información será utilizada para elaborar mapas de áreas críticas, donde las medidas de protección deberían ser prioritarias.
Con esos mapas en la mano, los equipos técnicos estarán en mejor posición para orientar las políticas públicas y las acciones de manejo, tanto en terrenos privados como en espacios bajo tutela estatal. Entre otras cosas, se podrá discutir la conveniencia de declarar nuevas reservas, ajustar prácticas productivas o establecer acuerdos de conservación con propietarios rurales que alberguen hábitats importantes para la especie.
Los datos recopilados servirán también para evaluar el grado de conectividad entre las distintas poblaciones, un aspecto fundamental para evitar que las colonias queden aisladas y más vulnerables a cualquier perturbación. Comprender cómo se mueven los individuos entre regiones permitirá detectar posibles cuellos de botella y zonas donde la pérdida de hábitat tendría un impacto desproporcionado.
Además, el seguimiento a largo plazo dará la posibilidad de analizar cómo responden las aves a cambios en el uso del suelo o a eventos extremos vinculados al clima, un factor cada vez más relevante en la planificación de cualquier medida de conservación.
Red de instituciones y papel de la ciudadanía
El despliegue de este proyecto no sería posible sin una amplia red de instituciones científicas, administraciones y organizaciones locales que vienen colaborando desde hace años. Entre los actores principales se encuentran Aves Argentinas, el Centro de Ecología Aplicada del Litoral (CECOAL-CONICET) y distintas dependencias provinciales encargadas de los recursos naturales y las áreas protegidas.
A esta estructura se suman municipios, reservas privadas, asociaciones de observadores de aves y grupos de voluntariado que aportan tiempo, conocimiento del territorio y apoyo logístico. Todos ellos contribuyen a mantener las campañas de campo, procesar los datos, realizar actividades de sensibilización y sostener una presencia constante en las zonas donde el tordo amarillo intenta sobrevivir.
Un aspecto que los responsables del proyecto destacan de manera reiterada es la importancia de la participación ciudadana. Cualquier persona que detecte un tordo amarillo en libertad puede aportar información valiosa, especialmente en provincias del litoral y del noreste, donde se concentran las últimas poblaciones conocidas.
Los avisos de avistamientos, acompañados cuando es posible de fotografías y detalles del lugar, ayudan a completar el mapa de distribución actual y a contrastar los datos proporcionados por los GPS. De este modo, la comunidad se convierte en un aliado clave para reforzar el monitoreo a largo plazo y detectar la presencia de la especie en áreas donde no se la había registrado recientemente.
Esta combinación de ciencia, tecnología y compromiso social ha permitido que el proyecto gane fuerza año tras año, consolidando una estrategia de conservación que, sin dejar de ser local, puede servir de referencia para iniciativas similares con otras aves amenazadas en Europa y en el resto del mundo.
Todo este trabajo conjunto, desde la vigilancia diaria de los nidos hasta el análisis de las coordenadas generadas por los transmisores GPS, está orientado a un mismo objetivo: darle una oportunidad real de futuro a una de las aves más emblemáticas y amenazadas, demostrando que, cuando se suman esfuerzos y se aprovechan bien las herramientas disponibles, aún es posible cambiar el rumbo de especies que parecían condenadas a desaparecer.
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